Sublime contraste formaban las costumbres de los primitivos cristianos con las que seguían practicando los hombres de la antigua sociedad. De parte de los paganos, disolución, inmoralidad, prostitución; de parte de los seguidores de Cristo, moralidad, pureza, inocencia. Mientras los mancebos idólatras acudían anualmente al sepulcro de Diocles, donde se coronaba al más lascivo, los cristianos proclamaban la virginidad como el estado más perfecto del hombre. Mientras aquellos pasaban la vida en la embriaguez de los deleites, en doradas viviendas, entre aromas y perfumes, en opíparos banquetes, donde tenían que discurrir como excitar su apetito ya embotado, éstos practicaban y recomendaban la mortificación y la abstinencia, sus comidas eran frugales y reguladas por la necesidad, no por la gula, vestían moderadamente, menospreciaban el lujo y el fausto, y no mantenían esclavos ni eunucos. Mientras los idólatras repudiaban diariamente sus mujeres, abandonaban a sus hijos en los caminos o en las plazas públicas, y hacían de la ley del divorcio un comercio de prostitución, los cristianos predicaban la indisolubilidad del matrimonio, hacían de la fidelidad conyugal una de las primeras virtudes y una prenda segura de la felicidad doméstica, y mirando como un deber sagrado el sustento y educación de los hijos, estrechaban las relaciones de familia con lazos de amor. Mientras aquellos asistían con placer a las bacanales, o se recreaban con los sangrientos espectáculos del circo, y se saboreaban con los sacrificios humanos, éstos visitaban a los presos en los calabozos, socorrían a los necesitados en sus humildes cabañas, asistían a la cabecera de los enfermos, y consolaban en el lecho del dolor a los moribundos. De un lado había un pueblo miserable y esclavo recogiendo las migajas de las mesas de los opulentos patricios, de otro familias que partían entre sí fraternalmente un pan de caridad.
Semejantes prácticas eran una acusación, una censura elocuente de los vicios dominantes, y los que así obraban no podían menos de ser objeto de las iras de los disipados emperadores y de los prefectos libertinos. De aquí esa lista de edictos sanguinarios, esas persecuciones, esos refinados tormentos, esos suplicios atroces, esas diez batallas generosas que sostuvieron los cristianos desde Nerón hasta Diocleciano, incluso los Antoninos, aquellos príncipes humanitarios que merecieron ser llamados loas delicias de la tierra, pero que no se eximieron de ensangrentarse contra los que se negaban a quemar incienso en los altares de los dioses del imperio. No había medio para los cristianos de librarse de la persecución. Si se congregaban a la luz del día con el fin inocente de celebrar los misterios de su culto, eran perturbadores de la pública tranquilidad. Si huyendo del hacha del verdugo se retiraban a las catacumbas a comer el pan eucarístico, eran sociedades secretas que conspiraban contra el Estado. ¿Afligía una guerra al imperio, o le desolaba una peste?La culpa la tienen los cristianos, gritaba el populacho; y el emperador decretaba: Cristianos a las hogueras. ¿Sobrevenía una sequía, un hambre, un incendio? La culpa la tienen los cristianos, decía el emperador, y el pueblo gritaba: Cristianos a los leones. Y los cadáveres de los cristianos palpitaban en los anfiteatros, sus entrañas desgarradas por tigres o por leones cubrían la arena del circo, y los que no eran derretidos en las llamas, eran despeñados de lo alto de una roca, o despedazados en ruedas de cuchillos, o arrojados a las aguas del Tíber.
¿Y quiénes eran esas almas heroicas que tan rudas pruebas sufrían sin desaliento, y así desafiaban a los verdugos a quien se fatigara primero, y a quien faltara más pronto, si las víctimas o los sacrificadores?¿Eran guerreros avezados a los peligros y familiarizados con la muerte?¿Eran temperamentos robustos, ejercitados con la fatiga y endurecidos con el trabajo? Eran muchas veces viejos encorvados con el peso de los años; eran pontífices y sacerdotes encanecidos a la sombra del santuario; eran a las veces tiernos niños que apenas se habían desprendido del regazo maternal; eran delicadas doncellas que no habían probado otras caricias que las de sus padres, y que caminaban al suplicio como si caminaran al festín de las bodas, no por hastío de la vida como los estoicos, sino con la esperanza de otra vida mejor. ¿Quién infundía tanto aliento a gentes tan flacas? ¿Quién transformaba a los débiles en fuertes? ¿Qué secreta inspiración llos conducía al heroísmo?
El pueblo lo veía, lo contemplaba y lo admiraba; los hombres no querían ser menos héroes que las mujeres, y acababan por convertirse a aquella religión que parecía tener el privilegio de vigorizar las almas. El pueblo por otra parte oía por primera vez sonar en sus oídos una doctrina filosófica que comprendía, un principio social que estaba al alcance de su inteligencia, reflexionaba sobre él, y deducía cuanto iba a mejorar su condición en el caso de que prevaleciera. El pueblo, a quien ningún filósofo había enseñado todavía, ni él se había imaginado nunca que podía dejar de ser esclavo, oyó predicar una doctrina que condenaba la esclavitud en nombre de Dios (1), y se fué adhiriendo a ella, porque los más dispuestos a creer son siempre los más oprimidos. Los poderosos la rechazaban, porque les era violento renunciar a los goces materiales a que estaban tan apegados.
Poco a poco fue penetrando la nueva doctrina en las escuelas, y se hizo objeto de examen y discusión entre los sabios. Compararon los filósofos a Sócrates con Jesús, y en el primero hallaron toda la grandeza de un hombre, y en el segundo toda la grandeza humana y toda la grandeza divina. Cotejaron la filosofía del Evangelio con las de Aristóteles, de Platón y de Epicuro; pusieron el Dios de los cristianos al frente de todos los dioses del gentilismo, y resultó de la comparación que los sabios no sólo se hicieron creyentes, sino que se convirtieron en apologistas del cristianismo. Aquella doctrina que al principio habían llamado por desprecio stultitia, insipientia, insania,era lo más sublime que había salido de la boca de los instructores y de los legisladores de la humanidad. Los filósofos vinieron entonces en apoyo de los apóstoles, y los académicos continuaron la misión de los artesanos. Entonces salieron los elocuentes escritos apologéticos de Justino, de Tertuliano, de Clemente de Alejandría, de Cipriano, de Lactancio y de Orígenes, desafiando a toda la sabiduría pagana. Desgarraré el velo que cubre vuestros misterios , les decía Clemente Alejandrino, versadísimo en la filosofía de Platón: Cántanos, Homero, tu magnífico himno: LOS AMOROSOS HURTOS DE MARTE Y VENUS: pero no, enmudece; no es magnífico el canto que enseña la idolatría. Vuestros dioses, crueles e implacables con los hombres, oscurecen el espíritu....
(1) "Los preceptos del cristianismo, dice Robertson, comunicaban tal dignidad a la naturaleza humana, que la arrancaron de la servidumbre deshonrosa en que se hallaba sumida" (Discurso sobre el estado del universo a la aparición del cristianismo). sólo Gibbón se atreve a negar que fuese debido a la religión cristiana este posible mejoramiento de la humanidad.
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1 comentario:
Zion777 Me das riza, con tus deducciones cantiflescas, la obsesión por querer dañar no te permite leer y entender lo que lees.
Emplea tu tiempo en algo más positivo, no en atacar este blog de las guerras mesianicas.
ERES UN FRACASADO , PERO SI REALMENTE TIENES SUFICIENTES PANTALONES TE INVITO A QUE PASES AL BLOG DE LAS GUERRAS MESIANICAS Y TE ENFRENTES A MI COBARDE.
Gandhi: Tú debes ser el cambio que quieres ver en el mundo.
KIECH MEXICO “Que la paz sea contigo"
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