
Roma, siglo I antes de Cristo. Estaba elaborándose en el imperio romano una revolución social, la mayor que han presentado los siglos, y la mayor también que se verá hasta la consumación de los tiempos. Todos los sucesos de la historia hasta este punto carecen de importancia al lado del grande acontecimiento que se está preparando. La sociedad antigua va a disolverse, el mundo va a sufrir una transformación física y moral, y la gran familia humana va a ser regenerada en su religión, en su gobierno, en su legislación, en su moral y en sus costumbre. Los elementos existían ya, pero van obrando paulatinamente como todo lo que está destinado a producir cambios y revoluciones que han de durar largas edades. Es necesario que conozcamos las causas que fueron preparando esta gran metamorfosis social, para que podamos apreciar después debidamente sus efectos.
Es sabido a que grado de corrupción, de inmoralidad y de desenfreno habían llegado las costumbres en el imperio romano, y el imperio romano era entonces el mundo. Como ejemplo pongamos a Cómodo, emperador de la época. Los hombres no pueden imaginar vicio, ni crimen, ni torpeza, ni crueldad, ni corrupción de ningún género que no se hallase reunido en Cómodo. Sus acciones, sus gustos, menos eran ya de hombre corrompido que de bestia salvaje, Tiberio, nerón, Calígula,Vitelio y Domiciano habían sido templadamente desenfrenados en comparación a Cómodo. "El cielo añadió la locura a sus crímenes a fin de no espantar demasiado a la tierra" En efecto, el vender todos los cargos públicos, el quitar la vida a muchos senadores, patricios y familias consulares, el tener un harén de trescientas concubinas y otros tantos mancebos, podría atribuirse a avaricia, a tiranía y a voluptuosidad. Pero el dividir en dos pedazos a un hombre grueso por el bárbaro placer de ver derramarse por tierra sus entrañas; el mandar asesinar una noche en el teatro a todos los asistentes; el sacar los ojos o cortar los pies a los que tenían una fisionomía que le desagradara...esto ya no cabe en las medidas de la maldad y de la corrupción, sin recurrir a una pérdida de la razón, una verdadera locura. Sin embargo, el pueblo consistía en que se llamara a sí mismo el Hércules romano; que Roma se titulara Colonia Comodiana, y hasta el senado inscribió a la puerta de la asamblea: Casa de Cómodo. Increíble parece tanta locura. ¡Y aún reinó trece años este monstruo! Al fin tuvo que morir a manos de un atleta y con el veneno de una concubina. Solo el cristianismo no fue perseguido por este hombre bestial, gracias a Marcia, una de sus favoritas que protegía a los cristianos.
Aunque la disolución y los vicios tenían ya gangrenada la sociedad romana en los últimos tiempos de la república, veíanse todavía algunos ejemplos, si no de virtudes morales, por lo menos de virtudes cívicas, de un resto de amor a la libertad. Bruto y Casio fueron llamados los últimos romanos. Mientras la república estuvo ocupada en conquistar, la necesidad del heroísmo produjo todavía algunas virtudes; cuando los hombres dejaron de pensar en guerras, pensaron en deleites y cortesanas. Cuando Augusto dio la "paz" al mundo avasallado, no pudo hacer sino llamar en su auxilio a las musas para que encubrieran con sus laureles la tiranía y la relajación. Aunque de buena fe quisiera augusto corregir las costumbres, era ya imposible, pues el corazón de la sociedad estaba corrompido, y lo estaba por la misma organización social.
Así, desde Augusto que aparentó querer contener la inmoralidad, va esta corriendo y se precipita desbocada, ayudada de una tiranía ya desenmascarada, que era lo único que le faltaba a esa tiranía: desenmascararse. Desde entonces no se ve sino una depravación profunda en todos los miembros de la sociedad: el vicio y la impiedad, la ferocidad y la adulación, la crápula y la sensualidad, erigidas en sistema. Emperadores malvados disponían de un pueblo corrompido, y soldados licenciosos se daban de emperadores tan desenfrenados como ellos. Plebe y soldados nombraban, aplaudían, divinizaban al que esperaban les hiciese más distribuciones de trigo o de dinero con que matar el hambre, y que les diese más espectáculos con que divertirse: cuando las distribuciones y los juegos se acababan, asesinaban a aquél y aclamaban al otro. Así el pueblo lloraba como una desgracia la muerte de Calígula, de Nerón, de Cómodo, de Caracalla y de Eliogábalo, porque habían sido los más prodigos para él. "El pueblo -escribía un escritor de la época- , el pueblo siempre mendigo y siempre seguro, decía al tirano: tenga yo dinero, y tú confisca: tenga yo trigo, y tú mata: tenga yo espectáculos, y tú harás cuanto te agrade: con que entre el pueblo y el mal príncipe había una convención, mediante la cual el déspota daba el trigo y el pueblo los aplausos ... Cuando lo tiranos salían de sus palacios, y oían las salutaciones y agradecimientos del pueblo, imaginábanse que todo el imperio se hallaba en el más floreciente estado, y tenían las interesadas y compradas aclamaciones de unos bajos instintos satisfechos por indicio de pública felicidad. ¿Hacíase una carnicería de los ricos? Pan al pueblo, y que todos los ricos se matasen. ¿Subía un emperador a escena, o descendía a la arena con los gladiadores? Pan al pueblo, y en el senado o en el circo resonaban aplausos al emperador comediante, músico o cuadriguero. ¿Volvía el príncipe de la guerra sin haber visto al enemigo, o después de haber hecho una paz vergonzosa? Pan y dinero al pueblo, y el príncipe quedaba hecho padre de la patria, y entraba victorioso en Roma entre las aclamaciones y bajo los arcos de triunfo. ¿Moría una cortesana, una vil prostituta, esposa del emperador y mujer de todos los hombres? Pan y dinero y aceite al pueblo, y la casta consorte del tálamo nupcial era hecha una diosa, se derramaban lágrimas sobre su tumba, y sus estatuas se adornaban de flores".
Así los príncipes apresuraban la corrupción del pueblo, y el pueblo ayudaba a la corrupción de los príncipes.
Jamás, ni en tiempo ni en parte alguna se vio la humanidad agobiada bajo el peso de tantos vicios y tantos crímenes. ¿De donde provenía tanto desorden? ¿qué causas habían producido aquel refinamiento de disolución y de maldad? La religión y el culto, la organización política, el gobierno, las leyes, las doctrinas filosóficas, todo contribuía a fomentar la corrupción intelectual y moral del pueblo romano.
Los hombres del mundo antiguo, no habiendo alcanzado el conocimiento de la verdadera divinidad, se fabricaron dioses con las mismas pasiones y con los mismos defectos que ellos; y si al principio les tuvieron respeto, fueron perdiéndoselo después. había dioses para todas las virtudes, y también los había para todos los vicios, y los hombres encontraban más fácil asemejárselos en éstos que imitarles en aquellas. "Si Júpiter transformándose en lluvia de oro", decía Terencio en una de sus comedias, "seduce a las mujeres, ¿por qué yo, siendo un miserable mortal, no he de poder hacer otro tanto?" Y como si el politeísmo de Roma no fuera bastante, como si el catálogo de los dioses romanos necesitara ser aumentado para autorizar todos los crímenes, llevaron aún por encima los de Egipto y Grecia para que los ayudaran a proteger y santificar los vicios. Si en el templo de la Venus de Babilonia se prostituían públicamente las mujeres, si en el de Corinto se consagraban más de mil meretrices a la madre de los amores, ¿por qué en Roma había de haber vírgenes vestales? Nadie quería ya serlo, y no se encontraba quien mantuviera el fuego sagrado. Pero en cambio las madres llevaban a sus hijas a las fiestas Lupercales, asistían con ellas a las danzas impúdicas de Flora, y las acompañaban al teatro a ver representar con demasiada realidad los amores lascivos de Pasifae. En cambio las doncellas llevaban Príapos colgados al cuello, y las cortesanas ostentaban su desnudez en los combates de gladiadores, y exigían que estos escogieran para morir las posturas más lúbricas. así se formaron aquellas Mesalinas, aquellas Lépidas, y aquellas Julias, cuyas obscenidades y cuyos delitos dejamos a los poetas de aquel tiempo que los celebren.
No eran solos el sensualismo y la lascivia los que contaban con protectores en el Olimpo, ni solos los altares de Venus, de adonis y de Príapo los que tenían adoradores. A ningún vicio le faltaba su divinidad, inluído el homicidio y el robo. Hasta la hipocresía era pedida a los dioses como una virtud. "Hermosa Laverna", decía Horacio, "enséñame el arte de engañar, y concédeme parecer justo y santo". Los templos de la Piedad, de la Castidad, de la Concordia, de la Virtud y del Honor, estaban olvidados o desiertos; los votos y las ofrendas se colgaban en el de Júpiter Praedator, para que les fuese propicio en sus latrocinios. No extrañamos que Cicerón y los hombres ilustrados de su tiempo se burlaran ya públicamente de aquellas divinidades, avergonzados del absurdo del politeísmo, pero no encontraron un dios que pudiera estar libre de caer en aquel descrédito. No se halló, como veremos luego, otra cosa que oponer al desautorizado paganismo, que una filosofía ineficaz.
Si la idolatría favorecía la corrupción, no la fomentaba menos la organización política del estado. El imperio romano era un gigante que tenía abrazada la mitad del mundo con un círculo de hierro. Nunca se había extendido tan lejos la opresión de la familia humana, nunca se llevó tan adelante el desprecio de la humanidad, y nunca se vieron tantas miserias, egoísmo tan universal, relajación tan absoluta de los vínculos sociales. "El despotismo de los emperadores", dice un escritor,"parece haber sido permitido para dar al mundo un ejemplo de los excesos a que la embriaguez del poder absoluto puede conducir a los hombres". ¿Necesitaremos recordar la execrable depravación de ese catálogo de monstruos imperiales que tuvieron encadenado al mundo, que mataban a sus semejantes por recreo, que amaestraban a las fieras en el arte de devorar a los hombres, que gozaban de los espectáculos viendo la presteza con que los leones engullían esclavos, o prisioneros, o mujeres, o conspiradores denunciados, y que se saboreaban en las mesas con lampreas cebadas en sus estanques con carne humana? Lo que parece sorprender más es que hubiera un pueblo tan sumiso que tolerara tan abominables monstruos y tan horribles monstruosidades. Pero armados ellos con la terrible ley que establecía el delito de lesa majestad, autorizando y premiando los delatores, provistos de numeroso espionaje a que se prestaba grandemente un pueblo de mucho tiempo atrás corrompido, ellos podían deshacerse fácilmente de todo ciudadano que pudiera hacerles sombra, o cuyos bienes codiciaran, y los especuladores y traficantes en delaciones les surtían abundantemente de víctimas, y a cambio de ganar un premio, importábales poco llevar familias enteras a los suplicios o ejecutar por sí mismos cuantos asesinatos les fuesen ordenados.
Por otra parte, ¿qué sentimiento de dignidad, de pensamientos nobles podía haber en la inmensa mayoría del pueblo romano, pobre, abyecta, deprimida, degradada por la ley, no habituada al trabajo, despojada de toda garantía social y acostumbrada a vivir de limosnas que a título de distribuciones le daban los príncipes, o a merced de un pequeño número de ricos a quienes tenía que adular y servir? Porque, ¿que era el imperio romano? Una agregación de ciento veinte millones de pobres o esclavos al servicio de diez millares escasos de opulentos. Un número inmenso de miserables que se morían de hambre, al lado de unos pocos que nadaban en la gula y, que gastaban en un banquete lo que hubiera bastado para alimentar en un mes una provincia entera, y cuyos criados se contaban por miles. Plinio menciona a un ciudadano, que después de lamentarse de las pérdidas que había sufrido durante las guerras civiles, dejó morir cuatro mil ciento dieciséis esclavos, tres mil seiscientos pares de bueyes, doscientas cincuenta mil cabezas de ganado, y sesenta millones de sestercios sin contar las tierras. Patricios había que poseían mas vasallos que súbditos algunos monarcas.
La esclavitud, base y vicio radical de las antiguas sociedades, estaba prescrita en Roma por las leyes. El imperio estaba poblado de esclavos, que no eran mirados como hombres. La ley los consideraba como 'cosa', como propiedad de sus señores, ellos y sus hijos. L más ligera falta en el servicio doméstico, autorizaba al señor para arrojarle al vivero de los peces. Podía matarle, o venderle, o echarle a las fieras, y los enfermos eran despedidos y abandonados como muebles inútiles. La mas remota sospecha bastaba para entregarlos a la tortura, y la legislación aprobaba los tormentos, las planchas de hierro candente, los garfios para despedazar las carnes, los potros en que se estiraban los miembros hasta descoyuntar los huesos. Un pueblo en que el homicidio se había convertido en espectáculo de placer, un pueblo a quien se divertía con juegos y fiestas que duraban ciento veintitrés días, en cuyo espacio morían en la arena diez mil gladiadores, ¿podía tener sentimientos piadosos y humanitarios?
Ejercíase una tiranía legal hasta en el hogar doméstico. Los derechos del padre sobre los hijos eran los derechos de un tirano, y las mujeres, esa preciosa mitad del género humano, eran miradas por los romanos como esclavas. Pobres y ricos rehuían el matrimonio, los unos por la falta de medios con que sustentar la familia, los otros por preferencia a las caricias fácilmente compradas en un celibatismo licencioso. Hubo necesidad de establecer leyes penales contra los célibes, pero la unión a la que muchos se sometieron por no incurrir en las penas de la ley Pappia-Poppea vino a hacer del matrimonio una vergonzosa prostitución. Habiendo caído en desprecio, se facilitaron los divorcios, y llegó a hacerse legal el adulterio. Juvenal nos habla de una mujer que llevaba ocho maridos en cinco otoños, y San Jerónimo testifica haber visto en Roma a uno que enterraba a su vigésima prima esposa, a la cual a su vez había tenido veintidós maridos. Júzguese cual debería ser la educación de los hijos: sirviéndoles de estorbo y de carga, o perecían antes de nacer, o los dejaban abandonados, exponiéndolos en la vía pública.
En ayuda de una religión y legislación que así autorizaban la tiranía y la esclavitud, y que así conducían a la disolución de costumbres, vino la filosofía de Epicuro, transportada de Grecia, con sus doctrinas de egoísmo material, de goces y placeres sensuales, a poner el sello del refinamiento al egoísmo y a la sensualidad romana. Abrazáronla emperadores y patricios, y entregáronse sin freno a todos los goces del lujo, de la lubricidad y de la crápula, llevando el fausto, la molicie y hasta la gula a un grado que nos cuesta hoy violencia creer, aún atestiguándolo unánimamente todas las historias romanas, y que dejaba atrás el lujo y la delicadeza tan ponderada de Asia.
El oro, la plata, el marfil, la concha, el ébano y el cedro, eran las materias comunes del ajuar de sus palacios. Calígula hizo guarnecer de perlas las proas de las galeras de cedro en que costeó las deliciosas playas de la Campania. Con perlas adornaba nerón los lechos de sus liviandades. Con perlas ataviaban las nobles y ricas matronas su cabeza, su cuello, su pecho, sus brazos, y hasta sus piernas. Lolia Paulina llevaba un aderezo que se evaluaba en cuarenta millones de sestercios. La Arabia, la India, la Persia, el Africa, el oriente, el Mediodía, el Norte, los mares, los golfos, las islas, los bosques y los campos y los campos de todas las regiones, no bastaban a surtir a los voluptuosos romanos de perfumes y aromas, de perlas, de piedras preciosas, de telas, de metales, y de maderas olorosas. Cada magnate sostenía una turba de perfumistas, bañistas, y otros ministros de la molicie y de la afeminación: las ricas matronas, además de la multitud de mujeres que en su tocador empleaban, hacían gala de no presentarse en público sin un cortejo numeroso de eunucos, de galanteadores y rufianes, y de otros viles servidores de la prostitución. De Nerón dice Plinio que hizo derramar en la pira de Popea tal copia de bálsamos exquisitos que toda la Arabia no podría producirla en un año. Y Adriano el filósofo, el que viajaba a pie y con la cabeza descubierta, regaló en una ocasión en honor de su suegra y de Trajano a todo el pueblo de Roma una cantidad prodigiosa de aromas preciosos, e hizo correr los bálsamos y los ungüentos por el vestíbulo y graderías del teatro.
Nada hay, sin embargo, que represente el desarreglo, el estrago, la locura que habían llevado sus goces los voluptuosos y corrompidos emperadores de Roma, como la descripción que hace Lampridio de la vida de Eliógabalo. "Alimentaba, dice, a los oficiales de su palacio con entrañas de barbo de mar, con sesos de faisanes y de tordos, con huevos de perdiz y cabezas de papagayos. Daba a sus perros hígados de ánades, a sus caballos uvas de Apemenes, a sus leones papagayos y faisanes. el comía carcañales de camello, crestas arrancadas a gallos vivos, lenguas de pavos reales y de ruiseñores, guisantes mezclados con granos de oro, lentejas con piedras de una sustancia alterada por el rayo, habas guisadas con pedazos de ámbar, y arroz mezclado con perlas ...Un día ofreció a sus parásitos el ave fénix, y a falta de ella mil libras de oro...Eliogábalo (dice el mismo historiador) nadaba en lagos y en albercas rociadas de bálsamos los más exquisitos, y hacía derramar el nardo a calderadas...Leveba un vestido de seda bordado con perlas: nunca usaba dos veces el mismo calzado ni la misma sortija ni la misma túnica: no conoció dos veces jamás una misma mujer. Los almohadones en que se acostaba llenábanse con una especie de vello de pluma de las alas de las perdices. A un carro de oro embutido de piedras preciosas (porque despreciaba los de plata y de marfil), uncía dos, tres y cuatro mujeres hermosas con el seno descubierto, y hacía que le arrastrasen en su carroza. Algunas veces iba desnudo como su elegante tiro, y rodaba por debajo de los pórticos sembrados de lentejuelas de oro, como el sol conducido por las Horas". No sabemos cual irrita más, si el refinado lujo o la estragada lujuria.
Tal depravación de costumbres trajo tras sí el escepticismo, y la filosofía escéptica hizo alianza con la sensualidad epicúrea. Era consiguiente la incredulidad, nacida en los pervertidos patricios de su misma relajación, en la plebe de la imitación y de la ignorancia. El populacho se entregaba simultáneamente a los vicios de la superstición y a los de la incredulidad. Los hombres ilustrados, los que al mismo tiempo eran almas fuertes y espíritus generosos, buscaron un asilo contra la corrupción en las doctrinas de otra filosofía, en el estoicismo, "noble consuelo, dice un erudito escritor, para las almas solitarias, pero estéril para la sociedad".
En efecto, ¿a qué conducía el estoicismo? ¿a qué guiaba? Al desprecio de la vida, al suicidio. "Si no podéis soportar tanta disolución, si os desesperan los males de la humanidad, les decía Séneca, suicidaos". La escuela estoica enseñaba a los individuos a desprenderse de la vida con fría insensibilidad, con la impasibilidad del fanatismo; pero no hallaba medio de corregir los males que sentía la humanidad sino destruyéndola. Sabían los estoicos morir y no sabían vivir. Se elogiaba mucho la serenidad de aquel ciudadano que, condenado a muerte por Calígula y hallándose jugando a las damas cuando entró el centurión a anunciarle que era llegada la hora de morir, respondió: "Aguardad un poco, voy a contar los peones" ¿Y qué ganaba con esto la sociedad?¿Mejoraban en algo las costumbres con que hubiera alunos hombres a quienes no les importara más vivir que morir? Hasta llegó a perder el mérito aquel valor, si valor en ello había, puesto que se practicaba ya por vanidad, añadiéndose así otra corrupción nueva en vez de corregir la corrupción antigua. Por otra parte aquella filosofía no descendía al vulgo, que no entendía la metafísica en que iba envuelta. Los emperadores que la practicaron, los Nervas, los Trajanos, los Adrianos y los Marcos Aurelios, reunieron una mezcla de virtudes y de vicios que los hacía cometer o crueldades o extravíos; echaron de menos los grandes hombres y no pudieron formarlos.
Aquel estado del mundo era intolerable. Había una necesidad de creer, y nadie creía: había una necesidad de reformar las costumbres públicas, y nadie hallaba el medio de reformarlas. El politeísmo había recorrido todas sus fases, y se encontraba desacreditado: se recurría a las escuelas filosóficas, y las unas desmoralizaban más, y las otras eran ineficaces para contener la desmoralización. Necesitábase una revolución general en los espíritus y en los corazones. La humanidad necesitaba de un asilo, de un consuelo, de un principio moralizador. ¿Dónde se encontraba?¿De dónde había de venir?¿Del cielo o de la tierra? Del cielo y de la tierra vino conjuntamente ...

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